UN DOCUMENTO DE EXTRAORDINARIO VALOR PERDIDO DESDE 1935
Mateo Hernández Vegas, en 1935, fue el primero en dar a conocer el Becerro de la Catedral y su valor histórico:
“Afortunadamente, de esta época tenemos en el archivo un documento curiosísimo, aunque tan maltratado por el tiempo, la humedad, la incuria y la pésima calidad del papel, que se cae a pedazos cada vez que se toma en las manos. Esta circunstancia nos obliga a explotarlo con alguna amplitud en este capítulo, pues cada día será menos aprovechable. Es un Becerro que empieza en 1389, es decir, no muchos años después del desastroso sitio que don Enrique puso a nuestra ciudad. En el documento se puede estudiar el estado de desolación y ruina, en que quedó todo después, de tan prolongado sitio, ya la vez, formarse una idea bastante aproximada de 10 que era Ciudad Rodrigo y la Catedral antes de aquellos desgraciados sucesos. Con él en la mano, sólo siguiendo las fincas de la Catedral, que deslinda, se podría, aun hoy, reconstruir idealmente las calles, plazas, casas, iglesias, etc., del Ciudad Rodrigo del siglo XIV. Apenas se podría creer hoy el grado de prosperidad y riqueza a que habían, llegado por aquel tiempo Ciudad Rodrigo y su Catedral: Siguiendo el documento citado, se ve que el arrabal de-San Francisco se extendía por el norte hasta el prado o cuesta del obispo, que estaba a la falda del teso de San Francisco, más allá de la tierra del abanico, y por el sur, hasta dar vista al río. Además, estaba edificado desde el convento de San Francisco, siguiendo por el valle de San Martín, teso del Calvario y cañito o caño del Moro, hasta las huertas de Santa Cruz. Dentro del inmenso ángulo formado por esta última fila de casas y el actual arrabal prolongado entonces por el sur hasta el río, todo estaba poblado incluyendo los fosos que entonces no existían, hasta las murallas (castillo las llama siempre el documento). A las tapias de éstas tocaban varias casas e iglesias, que se describen, aunque a la sazón todas arruinadas. Muy numerosa debía de ser la población del arrabal para llamar la atención de la Crónica, que, como hemos dicho, hablando de la estancia en él de don Pedro l, dice que era muy populoso. Concretándonos a las heredades de la Catedral, eran tantas las casas, viñas, bodegas, dehesas, molinos, etc., que su sola enumeración sería interminable. Solamente dentro de murallas (y fueron las únicas que quedaron en pie) hemos contado, propiedad del cabildo, más de 160 casas con sus bodegas y cubas. (...) Curioso sería ahora, sirviéndonos de guía el precioso documento, hacer una detenida excursión por la ciudad y arrabales, visitar los mercados grande y chico (el primero en el arrabal de San Francisco, y el segundo en la Plaza Mayor), con los puestos del carbón, de la leña, de las sardinas y del pan cocho; penetrar en los baños abovedados de San Albín y Santa Águeda, y en unas treinta iglesias, extramuros, la mayor parte derrocadas; recorrer las calles y plazas con la sorpresa de hallar, entre solas dos o tres conocidas, algunas tan raras como la de los Judíos, de Caldágada, de Domingo Rubio, del Cepo, de la Bodeguilla, de Segovia, del Rey, de los Carijas, de los Ciegos¡,.de la Plata, de la Poridad, de Mazatrapos, de la Lechuguera, de Salamanca, de Saldamagras, de los Baños, de la Judía gaga, de las Majestades, de Cochilleros, de las Zamarrillas, etc., etc. Aún nos sorprendería más encontrarnos, a la vuelta de una esquina, con la casa en que vivían a la sazón habían vivido pocos años antes aquellos héroes legendarios, que tanto han acalorado nuestra imaginación, Garci-López, los Pachecos, el obispo don Alfón, el caballero de la Banda Alvar Rodríguez Cueto, que, no existiendo todavía la casa de los Cuetos en la plaza mayor, y a pesar de su riquezas, vivía en modesta casa de renta propia de la Catedral. Admiraríamos también el extraordinario número de judíos, que habitaban las casas del cabildo y llevaban en renta sus viñas, entre los cuales reconoceríamos al famoso don Simuel (nieto de don Salomón) aquel físico judío, que tuvo la habilidad de curar a don Juan I la extraña dolencia, a que tan propenso parecía el buen rey, cuando visitaba a Ciudad Rodrigo. Pero estas curiosidades se engarzan, como las cerezas, y... preciso, es cortar por lo sano”.
Mateo Hernández Vegas Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad. Ciudad Rodrigo, 1935, pp. 212-216.
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